La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido ni para la historia ni para la literatura. Lo interesante reside en registrar quién necesita decirlo, cuándo necesita decirlo y qué mundo imagina al decirlo
La extrema derecha considera que hay ideas que no admiten discusión ni refutación alguna: simplemente deben ser exorcizadas. Javier Milei decidió que las ideas de Marx pertenecen a esa especie. En su discurso en la Universidad Bar-Ilan, en Israel, mientras presentaba al capitalismo como “la divina maquinaria del paraíso”, dijo sobre el marxismo: “Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista”.
La escena tiene algo de novedad apenas superficial. Cambia la escenografía, cambian los apellidos o cambia el peinado del predicador. El libreto, sin embargo, tiene décadas de circulación. Ronald Reagan hizo escuela cuando llamó a la Unión Soviética “imperio del mal”. Fue en Florida, a principios de la década del ochenta del siglo pasado durante su discurso ante la National Association of Evangelicals. De esa manera, desplazó el debate del terreno geopolítico al de la guerra moral. Richard Wurmbrand, rescatado por Milei en Israel, publicó en 1986 un libro con un título provocador: Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista perseguido y encarcelado por el régimen rumano, sostiene que Marx no fue sólo un ateo o un crítico de la religión, sino alguien marcado por una rebelión espiritual profunda contra Dios. Wurmbrand intenta demostrar sus “tesis” a partir de la poesía y de las obras teatrales incompletas del joven Marx. Sobre todo, del drama Oulanem que en su centro literario tiene un monólogo con una voz cargada de nihilismo, desesperación, odio a la existencia y desafío metafísico. Con la misma vara se podrían juzgar como “satanistas” textos como el Fausto de Goethe, por razones obvias; Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline o El Aleph de nuestro Borges en el que el satánico Carlos Argentino Daneri asegura haber encontrado el punto de vista de Dios en el sótano de la vieja casona de Beatriz Viterbo en el barrio de Constitución. Lo peor no es eso, lo peor es que el narrador -Borges- confirma que ese lugar existe.
Con “argumentos” similares, el politólogo conservador Paul Kengor recicló la operación en 2020 con El Diablo y Karl Marx en el que asegura que los poemas juveniles del autor de El Capital evidencian una fascinación persistente por imaginería demoníaca. Milei no inventó nada: entró a una biblioteca muy concurrida de la derecha occidental y sacó un volumen del estante más gastado. Le puso su extravagante color local a ese anaquel plagado de exorcismos.
Antes de Reagan, antes de Kengor, antes de que los libertarianos descubrieran que también se puede agitar como un televangelista austríaco, el franquismo ya había hecho su contribución al género. En septiembre de 1945, Franco les habló a los asesores religiosos de la Sección Femenina del movimiento franquista de las maquinaciones satánicas del enemigo. El generalísimo llenó su jarra loca oscurantista con una constelación donde masonería, anti-España y marxismo solían mezclarse en el mismo pantano metafísico. El truco era ennegrecer el conflicto hasta volverlo cósmico para que el adversario dejara de ser un error y se transformara en una presencia maligna. El franquismo no hablaba del comunismo como quien habla de un adversario político sino como quien nombra una peste moral. El aire de familia con la narrativa de Estado en nuestro país entre los años 1976 y 1983 no es casualidad.
Lo curioso (o lo menos curioso, según como se mire) es que la imaginería infernal nunca fue del todo ajena a Marx. Entra por una puerta sinuosa y creativa: la de la ironía, la literatura o la negatividad. Está, efectivamente, en sus poemas juveniles, en ese romanticismo sombrío de estudiante alemán demasiado leído, demasiado febril, demasiado convencido de que una idea necesita también una escenografía. Los versos existen. También existen, para desgracia de los inquisidores amateurs, el nombrado Goethe, el gusto de época por los pactos y las tinieblas, la grandilocuencia adolescente, el placer de escribir como si cada noche fuera la última del mundo. No se puede condenar o absolver a esos poemas porque no se puede juzgar a la literatura con el manual de instrucciones de los comisarios de metáforas: alcanza con leerlos como poemas y no como prontuario policial.
En El 18 Brumario de Luis Bonaparte aparece la frase de Mefistófeles en su versión libre: “Todo lo que existe merece perecer”. También admite formulaciones más rotundas y de una densidad literaria mayor: “Porque todo lo que surge merece ir a la ruina” o “todo lo que nace merece perecer”. Engels la retomó más tarde en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana para condensar el nervio revolucionario de la dialéctica. Ahí el diablo no es el señor de las tinieblas de catecismo sino el nombre literario de la corrosión, de la crítica, del derecho de lo histórico a no arrodillarse ante lo dado. Ese hilo, una vez lanzado, siguió vibrando mucho después de Marx.
En América Latina, ese parentesco lateral entre marxismo y figura demoníaca tuvo su propia escena, más sobria y bastante más inteligente. José Aricó tituló La cola del diablo a uno de sus libros decisivos sobre la recepción de Gramsci en nuestra región. Rescataba una frase que el comunista sardo dejó caer en los Cuadernos de la Cárcel en la que decía que, si en el momento decisivo el diablo metía la cola, entonces habrá que aprender a tenerla de nuestro lado. El título tenía algo de declaración de método: meterse en la zona incómoda, tantear lo que desordena, no huirle a la parte maldita de la tradición.
La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido ni para la historia ni para la literatura. Lo interesante reside en registrar quién necesita decirlo, cuándo necesita decirlo y qué mundo imagina al decirlo. Más que comentar un poema de juventud de Marx, Milei y sus precursores estaban cerrando una arquitectura simbólica en la que el capitalismo coincide con la ley de Dios, el paraíso es una promesa de mercado y el marxismo aparece como la serpiente que viene a arruinar el jardín en el que florecen primero la plusvalía e, íntimamente vinculada con ella, la ganancia. En esa teología, la propiedad privada más que una institución histórica, es una revelación. Y toda crítica a la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia.
De modo que hay una lógica bastante rigurosa en todo esto. La expresión más radical de la ideología capitalista no podía ver en Marx un simple economista decimonónico, ni un sociólogo molesto, ni un filósofo pesado. Necesita verlo como adversario absoluto. El Satán no es, en la cosmovisión religiosa, cualquier enemigo: es el ángel caído que no obedece, el que cuestiona, el que rompe la obediencia del mundo divino. Marx hizo exactamente eso con el capitalismo: le arrancó la aureola, le mostró la trastienda, le pinchó la mística, lo bajó del cielo de las virtudes y lo devolvió a la tierra de la explotación, del fetichismo y de la historia. Para una sensibilidad que llama “divina” a la maquinaria del capital, ese gesto sólo puede leerse como obra del demonio.
Y tal vez ahí, sin querer, Milei rozó una verdad: cuando el capitalismo (sobre todo en tiempos de crisis) deja de presentarse como sistema económico y comienza a hablar en el idioma religioso, Marx se transforma en una figura bíblica invertida: el ángel negro de la crítica, el aguafiestas del paraíso patronal, el intruso que entra al templo y recuerda que detrás de cada armonía hay una contabilidad hecha de sangre y lodo, de nervios estallados y músculos en ruinas. Resulta perfectamente coherente, entonces, que la forma más exaltada del credo capitalista vea en Marx a un Satán. No porque Marx haya venido del infierno, sino porque fue uno de los que mejor explicó cómo se fabrica, como es la arquitectura secreta y como se blinda con bruma divina ese infierno que todos los días se construye aquí en la tierra.

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