Latest Releases
jueves, 28 de mayo de 2026
martes, 12 de mayo de 2026
RECORTE A LAS FUERZAS ARMADAS
domingo, 10 de mayo de 2026
El PRO se despega de alianza con LLA, luego de la noticia de que el AdorniGate se hizo con el dinero digital de LIBRA
miércoles, 6 de mayo de 2026
Santa Fe limita descuentos salariales y apunta a la refinanciación de deudas de empleados públicos y privados
El gobierno santafesino busca frenar el sobreendeudamiento de empleados públicos, jubilados y privados con un nuevo tope salarial. La medida expone el impacto de las tasas altas sobre consumo, ingresos reales y finanzas familiares
EL Gobierno de Santa Fe decidió avanzar sobre uno de los problemas más extendidos y menos visibles de la economía cotidiana: el sobreendeudamiento de los hogares. La administración provincial prepara un nuevo esquema para reducir del 50% al 25% el tope de descuento sobre los recibos de sueldo de empleados públicos, con el objetivo de recomponer ingresos disponibles y frenar el deterioro del consumo.
La medida, impulsada por el ministro de Economía Pablo Olivares, y que fue anunciada formalmente este miércoles se inscribe en un contexto donde las tasas reales positivas reconfiguraron la dinámica del crédito. Lo que durante años fue una herramienta para anticipar consumo, hoy se convirtió en una trampa financiera que absorbe una porción creciente del salario.
El quiebre del modelo: cuando la deuda crece más que el sueldo
Durante más de dos décadas, el crédito convivió con salarios que crecían por encima del costo financiero. Pero ese equilibrio se quebró a partir de 2023, cuando las tasas se dispararon por encima de la inflación y de las paritarias.
El resultado fue un cambio estructural: el stock de deuda empezó a crecer más rápido que los ingresos y las cuotas comenzaron a ocupar una proporción cada vez mayor del salario. En muchos casos, el endeudamiento dejó de ser una herramienta de consumo para transformarse en una carga que condiciona el día a día de las familias.
Salarios formales, pero ingresos reales en retroceso
El diagnóstico oficial muestra la magnitud del problema en el sector público. Unos 35.000 trabajadores tienen descuentos por código en sus recibos y, dentro de ese universo, cerca de 12.000 superan el 25% de afectación del salario.
La situación también alcanza a unos 7.000 jubilados. En los casos más extremos, las deudas equivalen a cinco sueldos o más, con situaciones que llegan a ocho o nueve salarios comprometidos.
El dato clave es que no se trata de mora. El sistema funciona porque el descuento es automático. Pero esa “normalidad financiera” oculta una pérdida de poder adquisitivo: el trabajador cobra, pero una parte significativa del ingreso ya está comprometida antes de llegar a su bolsillo.
El rol clave de las mutuales: un mercado concentrado
Uno de los puntos más sensibles del diagnóstico oficial es la estructura del sistema de crédito por código de descuento. El Banco Santa Fe, agente financiero de la provincia, representa apenas cerca del 10% de ese mercado.
El resto está dominado por mutuales, redes de mutuales y estructuras financieras que operan sobre el recibo de sueldo. Entre ellas, sobresale Red Mutual, que concentra el mayor volumen de operaciones y articula una red de entidades que canalizan préstamos con garantía de cobro directo.
El esquema funciona como una intermediación: distintas mutuales aportan el canal del código de descuento, mientras que el fondeo puede provenir de otros actores financieros. En ese entramado, el riesgo de incobrabilidad es prácticamente nulo, lo que permite tasas elevadas incluso por encima de las bancarias.
A esto se suma la operatoria típica del sector: los préstamos suelen incluir no solo la cuota financiera, sino también cuotas sociales y servicios asociados, lo que eleva el costo financiero total a niveles que pueden superar ampliamente las tasas nominales.
Mutuales sindicales: entre contención y negocio
Dentro de ese ecosistema conviven distintos actores. Las mutuales sindicales —vinculadas a gremios estatales— tienen un rol particular: combinan lógica financiera con objetivos de contención de sus afiliados.
Según el diagnóstico oficial, estas entidades suelen operar con tasas más bajas que el resto del sistema y podrían jugar un papel clave en la etapa que viene. El Gobierno apuesta a que, frente al nuevo esquema, algunas mutuales gremiales salgan a refinanciar deudas más caras, capturando cartera y ofreciendo mejores condiciones a los trabajadores.
Es, en definitiva, una forma de introducir competencia dentro de un mercado que hasta ahora mostró fuertes niveles de concentración y escasa presión a la baja sobre tasas.
El nuevo esquema: menos descuento, más presión para refinanciar
La decisión central será bajar el límite de descuento del 50% al 25% del salario. El objetivo es garantizar que al menos el 75% del ingreso quede disponible para el trabajador.
A partir de ahora, las entidades que operen en el sistema deberán adaptar sus préstamos a ese nuevo tope. Quienes no lo hagan podrán seguir cobrando lo ya otorgado, pero quedarán congelados para nuevas operaciones.
La apuesta oficial es que el propio mercado reaccione: si una entidad no refinancia, pierde la posibilidad de seguir prestando. Eso abre espacio para que otros actores —incluidas mutuales sindicales— ingresen con mejores condiciones.
El Estado como regulador y respaldo
En los casos donde no haya refinanciación, la provincia evalúa cubrir la diferencia para que el trabajador no supere el 25% de descuento. Esa asistencia funcionaría como un crédito a tasa cero que luego se recupera cuando mejora la relación entre salario y deuda.
El objetivo es evitar que el problema derive en situaciones más graves, como el aumento de concursos o quiebras personales, una tendencia que ya empieza a aparecer en el radar oficial.
Sector privado: crédito, bancos y negociación fiscal
Para el sector privado, el Gobierno no tiene herramientas regulatorias directas, pero sí margen para intervenir a través del sistema financiero.
El plan incluye líneas de crédito del Banco Santa Fe, acuerdos con bancos regionales y financiamiento a empresas para que refinancien deudas de sus trabajadores. En ese esquema aparecen actores como Banco Coinag y Banco Bica, entre otros.
Un punto clave es el uso de Ingresos Brutos como herramienta de negociación. La provincia recordó que estos bancos vienen recibiendo beneficios fiscales —alícuotas reducidas— y busca ahora “activar” esa relación para que participen en la solución del problema del endeudamiento.
En otras palabras, el alivio impositivo pasa a formar parte de la negociación para ampliar la oferta de crédito más barato.
Empresas como actor financiero emergente
Otra de las líneas en análisis es que las propias empresas tomen financiamiento para asistir a sus empleados. La lógica es que un trabajador sobreendeudado no solo reduce su consumo, sino que también afecta la dinámica productiva.
El Gobierno busca que el sector privado se involucre, utilizando líneas de capital de trabajo para refinanciar pasivos individuales y mejorar la situación financiera de su plantilla.
Banco Solidario: último recurso para los más vulnerables
Para los sectores con ingresos irregulares o fuera del sistema formal, la provincia planea adaptar el Banco Solidario como herramienta de refinanciación de pequeña escala.
Se trata de un instrumento de última instancia, orientado a quienes no pueden acceder a crédito bancario, pero necesitan salir de situaciones de endeudamiento crítico.
Una economía con tensiones crecientes
La iniciativa de Santa Fe expone una tensión central del actual escenario económico: mientras el sistema financiero se ordena en torno a tasas positivas y disciplina monetaria, la economía real muestra hogares con ingresos comprimidos y deudas en expansión.
El contraste es evidente. Desde el punto de vista financiero, el sistema funciona: los créditos se cobran, la mora es baja y los flujos están asegurados. Pero desde la perspectiva del consumo y del bienestar, el deterioro es creciente.
El desafío para la provincia será intervenir sin romper el sistema. Ordenar un mercado concentrado, introducir competencia, proteger ingresos y, al mismo tiempo, evitar un costo fiscal elevado.
En el fondo, la discusión es más profunda: cuánto puede sostenerse un esquema económico donde el crédito sigue funcionando, pero cada vez más familias llegan a fin de mes con menos margen.
domingo, 3 de mayo de 2026
sábado, 2 de mayo de 2026
Zuban: “El antimileismo hoy supera incluso al anticristinismo”
![]() |
| Paola Zuban: Directora de Zuban-Cordoba |
La directora de la consultora Zuban Córdoba analizó en Punto a Punto Radio el deterioro de la imagen del presidente y advirtió sobre un cambio de clima social marcado por el desgaste económico.
El clima político en Argentina atraviesa un momento de inflexión. La caída en la aprobación del gobierno, el deterioro de las expectativas económicas y el crecimiento del rechazo configuran un escenario de mayor incertidumbre. En diálogo con Punto a Punto Radio, Paola Zuban, directora de Zuban Córdoba, analizó las últimas mediciones nacionales y advirtió sobre una tendencia clara: la negatividad crece y el respaldo al oficialismo se reduce, aunque aún conserva un núcleo duro significativo.
—El 60,7% rechaza una reelección. ¿Qué lectura hacen de ese dato?
—Es notable porque tenemos que tener en cuenta que el presidente ha perdido caudal de votos respecto a lo que obtuvo en la segunda vuelta. Ha venido perdiendo apoyo, conservando sí un núcleo duro. Hay un 30% de argentinos que todavía sostienen la gestión, pero en los últimos cuatro o cinco meses ha caído cerca de 20 puntos tanto en imagen como en aprobación.
—¿Estos números son a nivel nacional?
—Sí, es una encuesta nacional. Lo importante no es solo la foto del momento, sino las tendencias. Y lo que vemos desde la elección de 2023 es una tendencia a la negatividad. Hoy el rechazo ronda el 66% y la aprobación el 30%, lo que muestra un deterioro muy fuerte.
—¿Se modificó el respaldo de quienes acompañaban pese al ajuste?
—Sí, se ha deteriorado significativamente. Hace seis meses, más del 60% creía que había que hacer un sacrificio para mejorar en el futuro. Hoy ese porcentaje no llega al 40%.
—¿Qué implica eso para el escenario político?
—Que sin un cambio de rumbo económico, si no llegan esos “meses mejores” que se prometen, el panorama se complica. El tercer año de gestión es clave: la gente espera resultados concretos en su calidad de vida.
—¿Ese rechazo puede capitalizarlo la oposición?
—No necesariamente. En Argentina muchas veces el voto es “anti”. Hoy el antimileísmo supera incluso al anticristinismo y al antiperonismo. Pero eso no significa que la gente vaya automáticamente hacia otra opción. Si no le gusta lo que hay enfrente, puede optar por el voto en blanco, el ausentismo o alternativas minoritarias.
—¿Qué factores explican el malestar?
—Principalmente la economía. Cuando preguntamos por los problemas más importantes, cuatro de los cinco son económicos: endeudamiento de las familias, inflación, desempleo y pérdida del poder adquisitivo. Eso es lo que no le está cerrando a la gente.
—¿Emergen nuevas figuras con potencial electoral?
—Estamos midiendo a todo el arco político. Por ejemplo, Dante Gebel tiene un alto nivel de desconocimiento, pero puede crecer. Hoy tiene mitad de imagen positiva y negativa. Más que por lo que pueda sumar, hay que mirar a quién le quita votos, probablemente a La Libertad Avanza.
—¿Y figuras como Miriam Bregman?
—Tiene muy buena imagen, pero un perfil más legislativo. En el contexto actual de polarización, es difícil que una figura de izquierda tenga potencial para ganar una presidencial, aunque sí puede consolidarse en otros espacios.
YO LES AVISE Por Jorge Fontevecchia
Una semana antes de las elecciones de 2023 en las que resultó electo presidente Javier Milei, en la tapa de PERFIL escribí el tradicional endorsement de este diario titulado “No vote a Milei”. Allí decía: “Durante toda su campaña la confrontación de LLA no fue contra el populismo (que lo practica), sino contra la democracia como sistema”, “critica el voto universal, secreto y obligatorio a través de sus dos iniciadores, Yrigoyen en 1916 y Alfonsín en 1983”, “no es conveniente votar a La Libertad Avanza, a la que le asigno rasgos indudablemente antidemocráticos”.
Yo ya había vivido durante la dictadura cómo argentinos bien intencionados prefirieron gobiernos antidemocráticos con tal que prometieran llevar adelante sus ideas económicas y terminaron siendo sus víctimas. La frase del analista político de entonces, Mariano Grondona, a quien nadie podía considerar de izquierda, decía que “se prefería que flotara el dólar aunque flotaran cadáveres en las aguas”, por lo que fueron los desaparecidos arrojados desde los aviones al mar para que sus cuerpos se diluyesen.
Prioridad absoluta de la estabilidad de la moneda aunque eso implicara que quienes lo instrumentasen generaran costos sociales, políticos o humanos altísimos. “Cualquier cosa con tal de que no sea peronismo”. Ese fue el mensaje de la urnas en 2023, y el mensaje tácito en el golpe de 1976 y de otros anteriores que no me tocó padecer.
La ilusión de las elites de que podrán “manejar” al extremista que gobierna: enderezarlo, orientarlo, dirigirlo, enseñarle, persuadirlo, comprarlo, hasta anularlo cuando ya haya cumplido su misión o no sea más útil.
Desconocimiento de las masas que no tienen culpa de ser guiadas por elites cortoplacistas.
Hoy los argentinos parecieran estar despertando de la pesadilla de Milei. “¿Esto votamos?”. Descubren el peor de los sentimientos, el unheimlich, lo siniestro, el espanto que surge cuando algo familiar y hogareño (heimlich) se vuelve monstruoso, como explicaba Freud. “¿Yo voté esto?”. E, inconscientemente, “¿Yo soy responsable de esto?
Parte del periodismo sufre doblemente este dolor. Las heridas en el cuerpo y en el alma que había dejado el kirchnerismo obnubilaron su consciencia haciendo creer que cualquier cosa que no fuera peronismo sería mejor, incluso un mono al que luego se podría amansar y civilizar. Hoy el monstruo parido desde las entrañas no solo ataca al periodismo, sino que le produce un doble mal con periodistas oficialistas que siguen defendiéndolo, ya no por error o ingenuidad, lo que los disculparía, sino por conveniencia y falta de pudor, sumado a la imposibilidad de retroceder después de estar ya quemados casi sin retorno.
El jueves en Diputados, integrantes de la Comisión de Libertad de Expresión (mañana 3 de mayo es el Día Mundial de la Libertad de Expresión), sin la presencia de las autoridades que la presiden, que son de La Libertad Avanza, realizaron una exposición de los ataques que recibe el periodismo (se puede ver la sesión en el siguiente video) llegando al paroxismo del cierre de la Sala de Prensa de la Casa de Gobierno, que reabrirán este lunes “envalentonados” con el reempoderamiento que Adorni siente haber obtenido al salir “indemne” de su paso por el Congreso.
Paralelamente, Fernando Stanich, presidente de Fopea, advirtió que “hay que encender luces de alerta porque se están empezando a pasar límites”. Fopea también publicó un análisis de los 113.000 tuits del Presidente en su informe “El insulto como estrategia”. Paralelamente, la Academia Nacional de Periodismo prepara un acto y un contundente mensaje para el 7 de junio, Día del Periodista, y Reporteros sin Fronteras informó que la Argentina sufrió un retroceso histórico en el ranking mundial de libertad de prensa en 2026, cayendo 11 lugares, para ubicarse en el puesto 98.
Y como si hiciera falta algo más, el Presidente, a la salida del Congreso tras la primera parte de la exposición de Adorni, cuando los periodistas acreditados allí le preguntaron si resultaban suficientes las explicaciones de su funcionario, les gritó “¡Chorros!”.
Ya no hay vuelta atrás. Milei, como los duendes que cuando se salen de la lámpara no se los puede volver a colocar en ella, tiene vida propia, solo resta esperar democráticamente que sea vencido en las urnas y finalice su mandato, pero lo más importante es haber aprendido la lección. No importa que un gobierno practique ideas económicas con las que esencialmente se esté de acuerdo, si esas ideas son contrarias a los valores democráticos, más tarde o más temprano se terminará devorando incluso a quienes fueron beneficiados económicamente. No hay economía en un frasco de laboratorio, no hay economía fuera del ecosistema político, cultural y moral.
Si Milei termina enseñándonos lo que no terminamos de aprender con la dictadura y corregimos en 2027, podremos consolarnos con que, por lo menos, la experiencia nos dejó enseñanza. Y los periodistas somos quienes más tenemos que aprender por nuestra doble responsabilidad de haber sido en parte padres de la criatura y luego víctimas del resultado de ese engendro.
Lo dice todo la cara difundida en las redes, que ilustra esta columna, del momento en que Javier Milei se retira del Congreso y les grita “¡Chorros!” a los periodistas. La mejor demostración es ese rostro y la palabra fusionada en una sola expresión de odio y rechazo. Vale la pena mirarla una y otra vez, es un espejo de lo que supimos construir. Eso nos gobierna y no podemos nosotros ser ajenos a ese resultado.
Es nuestro engendro, no miremos para otro lado, volvamos la mirada una y otra vez a ese rostro y recordemos esa palabra: “¡Chorros!”. Nosotros, los periodistas, el noventa y cinco por ciento.
Editoria "Perfil"
viernes, 1 de mayo de 2026
EL PAN, EL PUÑO Y LAS MIRADAS
miércoles, 29 de abril de 2026
ATLAS INTEL: una giro a la izquierda en Argentina
martes, 28 de abril de 2026
EL METODO CERO
Hay libros que aparecen cuando todavía está fresca la pintura de la época y, sin embargo, ya vienen con el bisturí en la mano. Almirante Cero de Claudio Uriarte fue uno de esos libros. Formalmente es una biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera; de contenido es uno de los ensayos más lúcidos sobre la Argentina contemporánea. Llegó cuando la democracia empezaba a acostumbrarse a su propia versión de la historia reciente, cuando el relato público tendía a ordenarse en vitrinas enfrentadas y autosuficientes. Uriarte prefirió tocar lo que no se tocaba. Corrió una mesa para preguntar por lo que faltaba en la escena. En vez de discutir solo los hechos, discutió el modo en que empezábamos a contarlos. Miraba la dictadura, sí, pero también miraba la fábrica de sentido que la rodeaba, la encuadraba, la transformaba en pasado clausurado.
De un lado estaba la versión condensada en discursos, marchas, condenas y una épica de duelo que, con razón, pedía justicia por las víctimas y señalaba responsables. Del otro, la derecha que todavía se animaba a defender a los jerarcas militares como salvadores de una Nación al borde del abismo. Uriarte eligió otro camino. Se metió con la política, con sus continuidades, con su lógica de clase, con su persistencia incluso en el corazón del terror. Y esa elección dejó una incomodidad que el libro conserva como si estuviera escrito para el presente.
Si la dictadura fue un hecho de pura violencia sin racionalidad política, entonces con la respuesta moral alcanzaba. Almirante Cero sostuvo, sin embargo, una idea que cambiaba la perspectiva. Incluso en los años en que parecía que el poder salía mecánicamente de la punta del fusil o de los sótanos de los centros clandestinos, la política actuaba. Sus leyes regían también en esa bruma. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios, con instrumentos que incluyeron episodios de guerra civil, decretos de aniquilamiento, administración del terror y un ordenamiento quirúrgico de enemigos y aliados. Si el Proceso fue una política del Estado y una política de clase, entonces la pregunta no se agotaba en la condena. Se volvía inevitable indagar por el conflicto que lo hizo posible y por la sociedad que sufrió ese modo de resolverlo. La pregunta se estiraba hacia atrás. ¿Qué trance vino a cerrar, a qué le temían quienes mandaban, qué tipo de sociedad requería ese método para estabilizarse?
Ahí apareció el Cordobazo como bisagra y acontecimiento fundacional. Uriarte lo leyó como apertura de un período de lucha de clases aguda que se transformó en lucha política. Una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital. En esa lectura, la llamada “guerra sucia” adoptó otra forma. No fue el capricho armado de una sociedad enloquecida. Fue una guerra contra un enemigo común, la clase obrera, cuando el riesgo dejaba de ser retórico y empezaba a oler a pérdida de privilegios.
Las organizaciones político-militares podían funcionar como casus belli, como dice Uriarte, para el dispositivo genocida. Pero el fundamento último estaba en otra parte. Lo esencial era el temor de arriba a que el mundo conocido dejara de obedecer sobre todo en los núcleos productivos en los que se gesta la ganancia. Entonces los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En ese punto, Uriarte se adelantó a lo que años después se llamaría un “cuarto relato”, una explicación que no se contentaba con denunciar el crimen y buscaba su función histórica. En todo el andamiaje del libro resuena el eco de las críticas al alfonsinismo de aquel Fogwill francotirador de los primeros años ochenta.
El segundo acierto del libro fue señalar el punto ciego de cierto derechohumanismo. Uriarte no le discutía su valor ni su coraje. Registró su potencia histórica. Un movimiento valiente y progresivo que, empujado por la búsqueda de justicia, desnudó el espanto al que puede recurrir el Estado, identificó responsables, habilitó juicios, rompió la trama de silencio. Pero al mismo tiempo abrió una incomodidad conceptual. La igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica por sí sola la configuración concreta de una sociedad dividida en clases.
Los derechos, en una sociedad capitalista, se enuncian universales y se aplican con frontera. Los escasos derechos del trabajador terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. Hay territorios donde la democracia se vuelve decorado y la regla real es otra, la del estado de excepción cotidiano que gobierna con mano de hierro en la tiranía fabril o empresarial. De esa sociedad emergió el llamado Proceso. Y allí encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Una experiencia de poco más de un lustro que, vista desde hoy, puede pensarse como el último gran ensayo general.
El tercer aporte de Almirante Cero tuvo algo de jugada arriesgada, pero no fue un gesto para provocar. Fue un diagnóstico. Uriarte describió la dialéctica de la victoria que contiene su propia derrota y la derrota que esconde una victoria posible. Y lo hizo con una lucidez perturbadora: Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. La hipótesis funciona como llave para leer la época.
Porque lo que nació en 1983 no es solo un régimen constitucional. Es una arquitectura institucional atravesada por el fracaso de una posibilidad revolucionaria. Una democracia de la derrota. El militante reconvertido en ciudadano como resultado de esa encarnación histórica. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución, una democracia poscontrarrevolucionaria. El ciudadano “aprendió” a autocensurar sus aspiraciones. “Aprendió”, también, a no imaginar un más allá del horizonte de la democracia burguesa. O fue obligado a “aprender” con el terror aplicado en los sótanos del Estado, pero esparcido sobre todo el cuerpo social en la superficie.
La escena se puede condensar en una línea que Uriarte rescató sin necesidad de subrayados. Massera, en su alegato final, dijo algo parecido a esto: ustedes están acá “haciendo justicia” porque nosotros ganamos la guerra. Había una cuota de verdad en esa brutalidad. Una verdad que no justificaba nada y sin embargo explicaba mucho. La democracia apareció como envoltura política de un orden social ya reacomodado a sangre y fuego.
El final amargo de la primavera democrática de los ochenta, con hiperinflación y quiebre económico, abrió la puerta a otro personaje. El ciudadano consumista de los noventa. La promesa dejó de ser justicia o libertad y pasó a ser estabilidad, acceso, crédito, mercancía. La política aprendió a administrarse como gestión del deseo de sobrevivir.
Luego vino el 2001. Ese estallido funcionó como una reversión parcial del legado de la dictadura, o al menos como una fisura. Para contener el pos-2001, el kirchnerismo construyó una mezcla, una mélangé entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como heroísmo, pero también como “enfermedad infantil”, tamizada por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.
En economía fue posneoliberal en tres sentidos, y conviene sostener las tres capas porque ahí está la definición. Vino después del neoliberalismo, se constituyó sobre sus bases y se permitió incursiones tímidas sobre algunos postulados, sin alterar el núcleo duro. En ciertas áreas incluso lo reafirmó, como en la precarización laboral y la matriz extractivista, incluida la minería: la gallina de los huevos del experimento mileísta.
En política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó banderas los derechos humanos e impulsó consumo para todos y todas. Consumismo más derechos humanos (“Frávega + derechos humanos”, graficaría Martín Rodríguez), bajo un manto de reivindicación moral de una juventud militante, maravillosa, única y, sobre todo, irrepetible en sus contornos más disruptivos.
La operación de rescate se hizo dentro de los marcos impuestos por la derrota. Bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo retocado y repolitizado, pero sin cambio sustancial del marco estratégico legado por la dictadura. Y allí reapareció el Almirante Cero como cerebro alarmante y perverso, menos por su singularidad demoníaca que por su eficacia histórica.
Porque el rostro de Massera y sus cómplices de las Juntas fue el instrumento del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. El fin justificó los medios. Una vez garantizado el fin, aniquilar la insurgencia obrera, debía acabarse la rabia. Malvinas fue un intento de los militares de perpetuarse en el poder con la coartada de una causa justa. La derrota indigna apuró su salida con el concurso de la movilización popular.
Almirante Cero narró el álgebra de esa contrarrevolución. La mecánica. Las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional. Massera quiso ser al mismo tiempo estratega de la contrarrevolución y líder político de la reacción democrática. Quiso transformar la sangre en capital político. Unir la sangre y el tiempo. Pero el Proceso ya había cumplido su misión. Massera era el candidato del Proceso y el Proceso murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños del país. La casa estaba en orden y el capital podía y debía volver a cubrirse con su mejor envoltura. El “partido militar” ya había cumplido su tarea histórica y debía retirarse de la escena. El Diario de una temporada en el Quinto Piso de Juan Carlos Torre puede leerse -entre muchas otras cosas- como la crónica del disciplinamiento logrado por la dictadura sobre la política tradicional.
El libro de Uriarte tuvo la virtud perturbadora de mostrar qué se escondía detrás de esa fachada. Una democracia con herencia oscura, con juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba el conjunto del régimen político y social. El carácter endeble y gaseoso de los avances de las últimas cuatro décadas queda expuesto en la facilidad con la que la derecha retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el Proceso.
Ahí vuelve, como un eco, la pregunta de Uriarte. No la pregunta por la monstruosidad, que es evidente, sino la pregunta por la función. ¿Qué vino a hacer ese monstruo? ¿A quién le resolvió qué? ¿Cómo se transforma una contrarrevolución en sentido común democrático? ¿Cómo se fabrica un ciudadano que agradece existir dentro de los límites que le marcaron?
Almirante Cerono no prende una vela ni pide un minuto de silencio: pide que levantemos la alfombra y miremos el mecanismo, el engranaje que convirtió una guerra social en una moral pública administrable. La pregunta dejó de ser “cómo fue posible” para volverse más peligrosa: qué pacto se sostuvo después para que siguiera siendo rentable. Una sociedad se juzga también por lo que decide no tocar. El libro discutió el contrato, no el decorado; por eso el almirante es un método antes que un personaje. Si la dictadura tuvo una función, queda abierto quién la sigue usando. Mientras esa respuesta no aparezca, este régimen político camina sobre hielo fino: parece firme, pero cruje.
EL SATANICO DOCTOR MARX
La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido ni para la historia ni para la literatura. Lo interesante reside en registrar quién necesita decirlo, cuándo necesita decirlo y qué mundo imagina al decirlo
La extrema derecha considera que hay ideas que no admiten discusión ni refutación alguna: simplemente deben ser exorcizadas. Javier Milei decidió que las ideas de Marx pertenecen a esa especie. En su discurso en la Universidad Bar-Ilan, en Israel, mientras presentaba al capitalismo como “la divina maquinaria del paraíso”, dijo sobre el marxismo: “Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista”.
La escena tiene algo de novedad apenas superficial. Cambia la escenografía, cambian los apellidos o cambia el peinado del predicador. El libreto, sin embargo, tiene décadas de circulación. Ronald Reagan hizo escuela cuando llamó a la Unión Soviética “imperio del mal”. Fue en Florida, a principios de la década del ochenta del siglo pasado durante su discurso ante la National Association of Evangelicals. De esa manera, desplazó el debate del terreno geopolítico al de la guerra moral. Richard Wurmbrand, rescatado por Milei en Israel, publicó en 1986 un libro con un título provocador: Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista perseguido y encarcelado por el régimen rumano, sostiene que Marx no fue sólo un ateo o un crítico de la religión, sino alguien marcado por una rebelión espiritual profunda contra Dios. Wurmbrand intenta demostrar sus “tesis” a partir de la poesía y de las obras teatrales incompletas del joven Marx. Sobre todo, del drama Oulanem que en su centro literario tiene un monólogo con una voz cargada de nihilismo, desesperación, odio a la existencia y desafío metafísico. Con la misma vara se podrían juzgar como “satanistas” textos como el Fausto de Goethe, por razones obvias; Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline o El Aleph de nuestro Borges en el que el satánico Carlos Argentino Daneri asegura haber encontrado el punto de vista de Dios en el sótano de la vieja casona de Beatriz Viterbo en el barrio de Constitución. Lo peor no es eso, lo peor es que el narrador -Borges- confirma que ese lugar existe.
Con “argumentos” similares, el politólogo conservador Paul Kengor recicló la operación en 2020 con El Diablo y Karl Marx en el que asegura que los poemas juveniles del autor de El Capital evidencian una fascinación persistente por imaginería demoníaca. Milei no inventó nada: entró a una biblioteca muy concurrida de la derecha occidental y sacó un volumen del estante más gastado. Le puso su extravagante color local a ese anaquel plagado de exorcismos.
Antes de Reagan, antes de Kengor, antes de que los libertarianos descubrieran que también se puede agitar como un televangelista austríaco, el franquismo ya había hecho su contribución al género. En septiembre de 1945, Franco les habló a los asesores religiosos de la Sección Femenina del movimiento franquista de las maquinaciones satánicas del enemigo. El generalísimo llenó su jarra loca oscurantista con una constelación donde masonería, anti-España y marxismo solían mezclarse en el mismo pantano metafísico. El truco era ennegrecer el conflicto hasta volverlo cósmico para que el adversario dejara de ser un error y se transformara en una presencia maligna. El franquismo no hablaba del comunismo como quien habla de un adversario político sino como quien nombra una peste moral. El aire de familia con la narrativa de Estado en nuestro país entre los años 1976 y 1983 no es casualidad.
Lo curioso (o lo menos curioso, según como se mire) es que la imaginería infernal nunca fue del todo ajena a Marx. Entra por una puerta sinuosa y creativa: la de la ironía, la literatura o la negatividad. Está, efectivamente, en sus poemas juveniles, en ese romanticismo sombrío de estudiante alemán demasiado leído, demasiado febril, demasiado convencido de que una idea necesita también una escenografía. Los versos existen. También existen, para desgracia de los inquisidores amateurs, el nombrado Goethe, el gusto de época por los pactos y las tinieblas, la grandilocuencia adolescente, el placer de escribir como si cada noche fuera la última del mundo. No se puede condenar o absolver a esos poemas porque no se puede juzgar a la literatura con el manual de instrucciones de los comisarios de metáforas: alcanza con leerlos como poemas y no como prontuario policial.
En El 18 Brumario de Luis Bonaparte aparece la frase de Mefistófeles en su versión libre: “Todo lo que existe merece perecer”. También admite formulaciones más rotundas y de una densidad literaria mayor: “Porque todo lo que surge merece ir a la ruina” o “todo lo que nace merece perecer”. Engels la retomó más tarde en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana para condensar el nervio revolucionario de la dialéctica. Ahí el diablo no es el señor de las tinieblas de catecismo sino el nombre literario de la corrosión, de la crítica, del derecho de lo histórico a no arrodillarse ante lo dado. Ese hilo, una vez lanzado, siguió vibrando mucho después de Marx.
En América Latina, ese parentesco lateral entre marxismo y figura demoníaca tuvo su propia escena, más sobria y bastante más inteligente. José Aricó tituló La cola del diablo a uno de sus libros decisivos sobre la recepción de Gramsci en nuestra región. Rescataba una frase que el comunista sardo dejó caer en los Cuadernos de la Cárcel en la que decía que, si en el momento decisivo el diablo metía la cola, entonces habrá que aprender a tenerla de nuestro lado. El título tenía algo de declaración de método: meterse en la zona incómoda, tantear lo que desordena, no huirle a la parte maldita de la tradición.
La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido ni para la historia ni para la literatura. Lo interesante reside en registrar quién necesita decirlo, cuándo necesita decirlo y qué mundo imagina al decirlo. Más que comentar un poema de juventud de Marx, Milei y sus precursores estaban cerrando una arquitectura simbólica en la que el capitalismo coincide con la ley de Dios, el paraíso es una promesa de mercado y el marxismo aparece como la serpiente que viene a arruinar el jardín en el que florecen primero la plusvalía e, íntimamente vinculada con ella, la ganancia. En esa teología, la propiedad privada más que una institución histórica, es una revelación. Y toda crítica a la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia.
De modo que hay una lógica bastante rigurosa en todo esto. La expresión más radical de la ideología capitalista no podía ver en Marx un simple economista decimonónico, ni un sociólogo molesto, ni un filósofo pesado. Necesita verlo como adversario absoluto. El Satán no es, en la cosmovisión religiosa, cualquier enemigo: es el ángel caído que no obedece, el que cuestiona, el que rompe la obediencia del mundo divino. Marx hizo exactamente eso con el capitalismo: le arrancó la aureola, le mostró la trastienda, le pinchó la mística, lo bajó del cielo de las virtudes y lo devolvió a la tierra de la explotación, del fetichismo y de la historia. Para una sensibilidad que llama “divina” a la maquinaria del capital, ese gesto sólo puede leerse como obra del demonio.
Y tal vez ahí, sin querer, Milei rozó una verdad: cuando el capitalismo (sobre todo en tiempos de crisis) deja de presentarse como sistema económico y comienza a hablar en el idioma religioso, Marx se transforma en una figura bíblica invertida: el ángel negro de la crítica, el aguafiestas del paraíso patronal, el intruso que entra al templo y recuerda que detrás de cada armonía hay una contabilidad hecha de sangre y lodo, de nervios estallados y músculos en ruinas. Resulta perfectamente coherente, entonces, que la forma más exaltada del credo capitalista vea en Marx a un Satán. No porque Marx haya venido del infierno, sino porque fue uno de los que mejor explicó cómo se fabrica, como es la arquitectura secreta y como se blinda con bruma divina ese infierno que todos los días se construye aquí en la tierra.




















