𝐄𝐋 𝐏𝐀𝐍, 𝐄𝐋 𝐏𝐔Ñ𝐎 𝐘 𝐋𝐀𝐒 𝐌𝐈𝐑𝐀𝐃𝐀𝐒
Como en Manifestación, frecuentemente citada como la creación más emblemática y fundamental de Antonio Berni, la escena no es una metáfora: es un cuerpo colectivo avanzando. Rostros tensos, bocas abiertas, manos que sostienen carteles, otras que apenas sostienen el día. El pan no alcanza, el puño se alza, y las miradas, esas miradas, ya no piden permiso.
El crudo reflejo de la realidad que transitamos.
El espeso crimen en el que, día a día, tratamos de sobrevivir.
La Argentina de Javier Milei es un malabarista con bombas en sus manos: en las manos de los dueños de las cosas, y de las personas tratadas como cosas.
Pero algo ha cambiado entre la crítica que generaba aquella obra y el presente que nos toca.
Hoy, ese mismo pueblo aparece cada vez más fragmentado, disperso, absorbido por la luz fría de una pantalla que sustituye la calle. Un pueblo que oscila entre la conciencia y el cansancio, entre la memoria y el olvido. No es solo engaño: también hay desgaste; hay años de promesas rotas que erosionaron la confianza hasta volverla sospecha. Y, sobre todo, hay un desinterés que estas políticas han sabido cultivar.
Mientras tanto, la escena se repite con otras máscaras. La pobreza ya no irrumpe: se instala. La que estaba se multiplica. Se mide, se discute, se relativiza. Se vuelve número antes que rostro. Y, sin embargo, en las veredas, en los semáforos, en las manos de los viejos que piden, la realidad insiste en desmentir cualquier estadística complaciente. La Argentina de los pobres convive con una Argentina teatralizada para que el mundo compre el modelo que padecemos. Porque no es javito haciendo y deshaciendo: es un sistema que busca cambiar las reglas de juego y pone como caballito de Troya a figuras como idiotas funcionales para la distracción.
La política, lejos de ser un accidente reciente, es el resultado de una larga acumulación de decisiones que vaciaron de sentido lo común. La educación, la salud, el trabajo: no colapsan de un día para otro; se desgastan lentamente hasta que el deterioro parece natural. En esa naturalización reside su mayor peligro.
En la Argentina 2026, el lenguaje mismo parece invertirse: el ajuste se nombra libertad, el recorte se vuelve orden, la precariedad se disfraza de oportunidad. Y en ese desplazamiento semántico también se juega una batalla.
El Día de los Trabajadores llega, entonces, con una reflexión en forma de pregunta: ¿qué se celebra cuando el trabajo falta o se degrada? ¿Qué se honra cuando la estabilidad es reemplazada por la intemperie? Las conquistas que alguna vez definieron un horizonte de dignidad hoy retroceden, y con ellas, la idea misma de futuro. Muchos trabajadores votaron la caída de sus propios derechos: desempleo, fábricas cerradas, sueños fusilados, y sindicatos travestidos para la ocasión.
Sin embargo, incluso en este paisaje, hay persistencias. Como en la pintura de Berni, hay quienes seguimos avanzando. Quienes no renunciamos a la organización, a la creación, al lazo con otros. Quienes entendemos que la historia no es lineal, pero tampoco está cerrada.
También están los ausentes, los que ya no están, pero cuya memoria sigue empujando como bandera, como las Madres y las Abuelas como la mejor escuela de lucha. Ellos y ellas son parte de esa multitud que no se ve del todo, pero que sostiene lo que aún resiste.
Tal vez el mayor riesgo no sea la caída, sino la ilusión repetida: creer que alguien vendrá a reconstruir, y hará lo mínimo ante tanta destrucción, y será celebrado como salvador. Olvidando que lo perdido siempre fue colectivo, y que su recuperación también debe serlo.
Por eso, frente a la fragmentación, la escena de Manifestación vuelve a interpelar: no como nostalgia, sino como recordatorio. Un pueblo no es una suma de individuos aislados, sino una fuerza que, cuando se reconoce, se vuelve visible.
Que el pan no falte.
Que el puño no se baje.
Que las miradas vuelvan a encontrarse.
¡Fuerza compañeros!
Texto: Gabriel Artes Visuales
Obra: Manifestación (1934) de Antonio Berni
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