En el norte de la provincia de Santa Fe, donde la caña de azúcar supo ser sinónimo de trabajo, identidad y desarrollo, todavía hay quienes mantienen vivo el sueño de la zafra azucarera. Uno de ellos es el ingeniero agrónomo Elbio Lovisa, quien compartió en Radio Amanecer su profunda pasión por un cultivo que marcó a generaciones y que hoy sobrevive más como un anhelo que como una realidad productiva.
Lovisa recordó que localidades como Villa Ocampo, Las Toscas y Florencia conformaron durante décadas un verdadero polo productivo ligado a los ingenios azucareros. Sin embargo, en la actualidad casi no quedan plantaciones, salvo la que él mismo sostiene con afecto, conocimiento y mucho trabajo. “Hoy se estaría generando una zafra… es más que un anhelo”, expresó.
El ingeniero, de 73 años, nació en el paraje rural Arroyo Ceibal, a 30 kilómetros al sur de Villa Ocampo y a unos 50 kilómetros al norte de Reconquista. Actualmente reside en Villa Ocampo, ciudad donde en 1883 se instaló el primer ingenio azucarero, otorgándole una identidad productiva e industrial que perduró durante décadas. Tal fue la importancia del azúcar en la región que luego se sumaron otros dos ingenios, y entre las décadas del ’70 y ’80 el norte santafesino llegó a aportar alrededor del 5% de la producción nacional, con unas 16.000 hectáreas dedicadas al cultivo.
Originalmente se sembraban variedades como la caña colorada paraguaya, blanca tucumana, morada y morada rayada. Pero la historia cambió con el paso del tiempo. Lovisa recordó momentos claves durante el gobierno de Onganía, y señaló que el golpe final llegó con la desregulación de la década de 1990, durante el gobierno de Menem y la gestión económica de Cavallo. “Se desprotegieron las producciones, se liberaron actividades y comenzó una crisis que hizo caer a los ingenios por una cuestión de costos y beneficios”, explicó.
A esto se sumó un fuerte cambio cultural y discursivo: la demonización del azúcar blanco, lo que impactó directamente en el consumo y terminó de debilitar al sector. “Nuestra región dejó de ser cuenca cañera y desapareció la caña para azúcar”, lamentó.
Sin embargo, para Lovisa la caña es mucho más que un cultivo. Nieto e hijo de productores cañeros, decidió continuar con la tradición familiar y especializarse en el aprovechamiento integral del recurso. En su propia chacra, en el distrito Villa Ocampo, cuenta con un pequeño ingenio o trapiche, diseñado por sus hijos, que reproduce las funciones de los grandes ingenios industriales.
“Allá no se tira nada, se usa todo. Eso es economía circular”, explicó. La caña entra verde al trapiche, donde se le extrae el jugo; por un lado sale el bagazo —que tiene otros usos— y por otro el jugo, que luego se transforma en miel de caña, melaza o alcohol. Mediante un proceso de deshidratación y concentración, el jugo alcanza hasta un 70% de sólidos, convirtiéndose en una miel espesa apta para consumo humano o animal.
Además, Lovisa elabora alcohol y bebidas artesanales. A partir de la fermentación del jugo con levaduras y un posterior proceso de destilación, produce aguardiente, ron y licores bajo la marca “Fratelli Lovisa”. El ron se estaciona entre seis meses y dos años con astillas de roble, y también elaboran bebidas dulces como “Naranjatta” y “Limone”.
“Soy amante del azúcar, pero no del azúcar blanco, sino del azúcar negro”, afirmó con convicción. Para él, el gran error de la región fue no haberse reconvertido a tiempo hacia el aprovechamiento industrial del azúcar integral. “Ahí hicimos agua. El azúcar blanco debería haberse terminado hace mucho. Yo trato de mostrarle a las nuevas generaciones las posibilidades que tiene el azúcar negro”, concluyó.
Mientras los grandes ingenios ya no existen, la historia de Elbio Lovisa demuestra que la caña de azúcar sigue viva, al menos en la memoria, la cultura y el trabajo apasionado de quienes aún creen en su potencial.
fuente: Radio Amanecer

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